viernes, 30 de octubre de 2009

En Pausa

Por una serie de acontecimientos, sucedidos en las últimas semanas, a DINA se le han ido rompiendo pequeños pedacitos de si misma. El último pedacito, que quedaba en pie, se derrumbo hace unas pocas horas.

DINA se va a retirar durante una temporada, más o menos larga, a su rinconcito preferido a lamer sus heridas. Con una buena dosis de paciencia y unos cuantos botes de loctite irá recomponiéndose y promete volver, de nuevo, con la alegría en sus ojos y la sonrisa dibujada, de nuevo, en su rostro.

Mientras esto ocurre va a tener apretado el botón de PAUSA de este blog.

Nos reencontramos pronto.

jueves, 29 de octubre de 2009

Destino De Vacaciones


Conseguí engañar a alguien (¿o me engañaron a mí?... ahora ya no estoy muy segura) para perdernos, durante una semanita, por esos mundos de Dios. La aventura comenzó con algunos tropiezos pero… SÓLO duró unas 24 horas.

Una llamada inesperada me obligó a posponer los planes, después a cambiarlos y, por último, a suspenderlos.

Pues sí, una vez más mis vacaciones se han convertido en un “Safari Fotográfico”, de una semana, por las instalaciones de nuestro “queridísimo” Hospital.


Hemos tenido que hablar y, en alguna ocasión, discurtir con alguno de los especialistas que forman la fauna de la SS

Aunque hay que agradecer a esa MIR, que nos recibió en el Servicio de Urgencias, que pese a todas las presiones que recibió, para no hacer el ingreso, decidiera tener una charla con nosotras y forzar que la enferma no saliera de esas instalaciones.

Gracias a su decisión pudieron ver, en directo, la crisis que se repitió al día siguiente (que, además, ya habíamos avisado que pasaría) y así echar para atrás ese alta inminente que tenían prevista y empezar a investigar lo que realmente sucedía (que, desde luego, no tiene nada que ver con el Servicio de Psiquiatría, como nos querían hacer creer en un principio)

No han sido las vacaciones deseadas pero, por lo menos, si que han sido unas vacaciones productivas, ya que han encontrado una explicación a todos esos episodios que se han ido sucediendo durante demasiados años.

Me gustaría darle las gracias personalmente a esa MIR (de la que desconozco su nombre) pero la única forma que se me ocurre, de ponerme en contacto con ella, es ingresando yo en el Servicio de Urgencias para ver si, por una casualidad de esas de la vida, esta ella de guardia, cosa que me parece casi imposible por lo que queda descartada. Por lo que debo conformarme con volcar aquí mí (nuestro) agradecimiento y desear que siga así, que se convertirá en una estupenda profesional.

sábado, 17 de octubre de 2009

Coleccionables


Cuando veo esos anuncios de coleccionables (zapatos en miniatura, dedales, instrumentos musicales, coches antiguos…. Amos, que un día van a sacar la colección de kakitas pinchadas en un palo) suelo pensar “¿pero hay gente que se haga estas colecciones? ¿pero, todavía, existe gente que colecciona algo?...” y respiro aliviada de no coleccionar nada.

Respiraba aliviada hasta, el otro día, que me di cuenta que llevo años haciéndome una colección, sin haberme dado cuenta. Resulta que colecciono contratos, los tengo de todo tipo y color, todos bien ordenaditos (por orden cronológico inverso) en su carpetita, que ya empieza a estar abultada.




Todos, y cada uno de ellos, tienen su historia. A todos, y cada uno de ellos, les tengo cariño por algún motivo en especial aunque siempre están los niños mimados (a esos que les tienes más cariño que al resto)

Al que más cariño le tengo es a ese primer contrato que me introdujo en este sub-mundo en el que me encuentro. Yo estaba en mi etapa de cursillista, más concretamente estaba haciendo un curso del IAM (por aquello de tener un papel en el que dijera “DINA sabe hacer lo que lleva años haciendo”). Era un curso de 300 horas (del que ya llevábamos hechas la mitad) que resultaba infumable y en el que no estaba aprendiendo ABSOLUTAMENTE NADA. Cuando recibí esa llamada… esa llamada que me ofrecía el poder huir de aquello en lo que me había metido yo solita. Fue un contrato de sólo 6 meses en una empresa por la que TODOS tenemos que pasar (todos los años) y que acojona un poquitillo. Creo que esos 6 meses (en los que tuve que trabajar como una burra y con unas reglas muy estrictas) fueron los mejores de toda mi vida laboral.

También hay otro al que le tengo “cariño” (más que cariño es que me trae recuerdos). La llamada, en la que me lo ofrecían, llego unos días después de la muerte de mi padre, así que fue como una pequeña vía de escape a todo lo que estábamos viviendo durante esos días.

Hubo otro contrato que también me sirvió para escapar. Yo andaba con mi cabeza recién cosida y mi, por aquel entonces, pareja estaba recién salida del hospital (ya sabemos todas lo quejicas que son los hombres y… 24 horas al día durante un mes podría haber acabado con mi salud física y mental) así que cuando recibí esa llamada que me decía: “Nos han dicho en XXX que acabas de entrar en el paro y te han recomendado para el puesto ¿No estarías interesada en venir a trabajar con nosotros?”. Jooooo, no me lo pensé dos veces… allí que me fui con todo mi cuerpo dolorido y mis puntos recién estrenados.

Pero el contrato más curioso que tengo es uno de “4 meses y 20 días”. ¿Por qué de esa duración? Eso me gustaría saber a mí ya que, por más vueltas que le he dado, no encuentro ninguna explicación lógica… puedo entender los 4 meses pero ¿y los 20 días?. Esto quedará como un misterio sin resolver.

Existen muchos más contratos pero esos ya quedan para mi intimidad más intima.

Lo que tienen en común, la mayoría de ellos, son las vacaciones, esas vacaciones fin de contrato que me tengo que coger, si o si, en épocas en las que ni Cristo tiene vacaciones. Así que me vuelvo a encontrar en ese periodo de vacaciones voluntario-forzosas, aunque en esta ocasión las necesito de verdad. No sé si me perderé, unos días, por esos mundos de Dios, pero lo que si que tengo claro es que necesito desconectar de TODO, hacerme un pequeño (o un gran) RESET antes de volver a afrontar una nueva etapa.




Pues eso, que en los próximos días no sé si estaré o no estaré, si subiré o bajaré, si entraré o no entraré… según sople el viento veremos que hago.

miércoles, 14 de octubre de 2009

De Jefes, Jefazos Y Jefecillos


Hoy he recibido mi vida laboral, gentileza de la Tesorería General de la Seguridad Social, lo que me ha hecho acordarme de esos jefes, jefazos y jefecillos que han pasado por ella.


En el primer puesto, de trabajo, al que accedí no tenía un jefe si no tres. El primero de ellos, el que me seleccionó, se me descalzó con un “Me tiene que llamar Señor Xxxx”, aunque cuando lo veías acudir al curro un día cualquiera (que eran bastante a menudo cada semana) a eso de las 11, con las gafas de sol puestas y un resacón del trescientos veinticinco, notabas que esa etiqueta de Señor le quedaba algo grande. Al segundo, de ellos, lo llamábamos por su nombre (salvo cuando había un cliente, claro) pero este era bastante traidor, en cuanto te dabas media vuelta tenía el puñal preparado para clavártelo. El tercero siempre estaba en el curro cuando llegábamos y se quedaba cuando nos íbamos, era resolutivo, a este si que lo trataba de Señor porque se lo merecía; por desgracia, un tiempo después se jubiló y accedió a su puesto un trepa con el que no hicimos demasiadas buenas migas.

Decidí abandonar el barco antes de que se hundiera y llegué a otra empresa. Ese jefe pintaba de otras trazas… vamos, que si te descuidabas te metía mano. Durante unos 10 días la cosa fue, más o menos, bien, yo sacaba el trabajo y él intentaba arrimarse, hasta que se dio cuenta de que no iba a poder cumplir con su objetivo, desde ese momento empezó a ponerme trampas, gritaba por cualquier cosa (sin razón)… amos, que le importaba una mierda si el trabajo salía o no. Por aquel entonces el tema del acoso sexual estaba despertando, si esto me llega a pillar a día de hoy otro gallo le hubiera cantado.

He tenido jefes que eran mis jefes pero, a la vez, no lo eran (es lo que tiene estar trabajando en un sitio contratada por otros). En alguna ocasión hasta se disculpó por tenerme que mandar un trabajo que mis jefes (los que me pagaban) habían pedido que hiciera.

Tuve un jefe que me daba mucho miedo, siempre estaba en su papel de Jefe Jefe (como esos padres de antes que al llegar a casa se ponían su disfraz de Padres Padres y pasaban de ser divertidos a ser autoritarios). Cuando quería decirme algo, a mí, nunca lo hacía directamente, siempre utilizaba intermediarios (lo que complicaba un poco la comunicación). Tiempo después he tenido el PLACER de tenerlo como ponente en un curso y he de confesar que me agrado muy mucho ver esta otra faceta (mucho más asequible) suya.

También he tenido un jefe que me ha llamado a su despacho, con anterioridad a serlo, para decirme: “¿Cuándo acabas tu contrato? Porque al día siguiente te quiero aquí, conmigo”. El tiempo que estuve bajo sus órdenes hubo momentos en los que tuve que trabajar a lomo caliente (al día le faltaban horas) pero también tuvimos tiempo para echarnos unas risas, para contarnos cosas, para alguna celebración e, incluso, para que me echara alguna bronca por haber ido a trabajar medio enferma.

Durante un corto espacio de tiempo, tuve un jefe ausente (por motivos personales graves) pero con quien hablaba a menudo por tfno y con quien quedaba en domingo (fuera de horario laboral y sin remunerar) para que me solucionara pequeñas dudas, surgidas durante la semana, y me firmara todo lo que le había preparado.

Con algún jefe coges más confianza, te llega a aguantar tus lágrimas, tus preocupaciones y tus problemas, aconsejándote, se preocupa por ti, lucha por ti y con quien creas un vínculo más allá del laboral

Otro jefe, simplemente, paso. No daba mal ni incordiaba, dijo que venía con la intención de no cambiar nada (porque funcionaba bien) y así fue. Compartimos el café de primera hora de la mañana, los pitis y hasta algún viaje. Un jefe que vivía y dejaba vivir.

Pero los hay que no viven ni dejan vivir (aunque, en principio, hubieran dicho lo contrario). No hacen su función (¿por falta de preparación?) pero te entorpecen en tu trabajo diario, hasta puntos insospechados. Son jefes a los que los oyes hablar y parece que el mundo se mueva gracias a ellos pero en el momento en que empiezan a actuar esa imagen, que se han fabricado, se cae al suelo por si sola. A estos hay que SUFRIRLOS de la mejor forma posible, intentando evitar que te provoquen una contractura, una úlcera o estreñimiento crónico.

En general he tenido buenos jefes (lo que excluye a los jefazos y jefecillos). Sé que, todavía, me quedan unos cuantos más por conocer… así que deseosa estoy de cambiar, de nuevo, de jefe.

martes, 13 de octubre de 2009