lunes, 21 de junio de 2010

Primavera

Estaba siendo una primavera difícil. Mis hormonas estaban excesivamente revoltosas (incluso para esa época del año). No descansaba por las noches, era cerrar los ojos y empezar a tener sueños eróticos. Las situaciones eran de lo más diversas: en el coche, en la cocina, en la oficina, en las escaleras, en lugares públicos, en solitario, acompañada, tríos, orgías… Despertaba a media noche con una gran excitación, que iba subiendo en intensidad conforme pasaban los días y cada vez resultaba más difícil de solucionar.



Aquella noche desperté muy agitada y una frase me vino, inmediatamente, a la cabeza “cariño, hay que ser una señora en la calle y una puta en la cama”… “una puta en la cama”, pues si, iba a hacer caso a ese consejo, esa noche iba a ser una puta aunque para eso tuviera que salir de la cama.

Mire el reloj, aún no era demasiado tarde, seguro que algo habría abierto. Salté de la cama, dirección a la ducha, mientras planificaba como convertirme en una golfa por una noche.

Después de ducharme, ponerme la pestaña y arreglar mi pelo abrí el armario, tenía que encontrar algo que ponerme, quería algo sexy y provocativo pero que no fuera demasiado llamativo. De pronto me acorde de aquel vestido negro, que aún no había tenido ocasión de estrenar, de generoso escote e insultantemente corto. Decidí no ponerme ropa interior (este papel lo tenía que bordar) y lucir aquellos taconazos de infarto. Última mirada al espejo: “¡¡Estas fabulosa, nena!!”


Tenía que decidir a donde ir cuando recordé que a dos calles, de mi casa, habían abierto un bar nuevo, al que iba mucha gente guapa.

Ya en el local busque un sitio, en la barra, desde el que poder tener una buena vista panorámica. Mi objetivo era claro, buscaba sexo por sexo, sin ligoteo, sin conversación, sin romanticismo, sin caricias ni arrumacos, sin un “¿me das tu nº de tfno?” o “¿me llamarás?” o “algún día podríamos quedar”

Enseguida avisté a mi presa, era atractivo, parecía simpático (aunque esto importaba bien poco) y estaba rodeado de chicas… esto podría ser un problema, podría estar comprometido con alguna de ellas… así que seguí observando para poder preparar mi ataque.

De repente noté como alguien se acercaba detrás de mí, fuí a apartarme (para dejarle sitio en la barra) pero me lo impidió. Noté como deslizaba su mano bajo mi falda, mi primera intención fue abofetearle pero dejé que continuara su maniobra. Las piernas me flaquearon en varias ocasiones pero él me sostuvo firmemente, impidiendo que cayera al suelo, y, después, desapareció. No le vi la cara, no le escuche la voz, no sabía quien había sido pero ¡¡¡me encanto!!!

Aún no me había recuperado cuando vi que mi presa se dirigía hacia los baños. Esa era mi oportunidad y no podía, no debía desaprovecharla.

Esperé, pacientemente, en la puerta del baño de caballeros, planeando como entrarle. Cuando se abrió la puerta sólo se me ocurrió hacer como si tropezará con él y meter mi mano dentro de sus pantalones. Su reacción fue inmediata y palpable y yo… yo ya traía la mitad del trabajo hecho.

Sin mediar palabra, nos encerramos en una de las cabinas. No sabía si había alguien más allí pero… tampoco importaba.




Al notar la ausencia de mi ropa interior su erección fue mayor aún. Los dos estábamos como locos y cada vez más entregados. Fué salvaje, primitivo, brutal. Disfrutamos el uno del otro, como jamás había disfrutado con nadie.

Cuando el “fuego” se apagó le di un beso y los labios, dije un “Ha sido todo un placer” y volví a dormir plácidamente en mi cama.

sábado, 19 de junio de 2010

Sólo Una Vez Más


Cuando llegó a casa suspiró aliviada al comprobar que no había nadie. Se miró en el espejo y comprobó como su mirada, su cara, toda ella reflejaba la culpabilidad que sentía por lo que había hecho.

Respiró hondo, se encendió un cigarrillo, tenía unos minutos para poder eliminar ese cartel luminoso que llevaba colgado al cuello que decía “SOY CULPABLE”

Entonces vio la nota:

“Cariño
Me he ido con los niños a pasar la tarde al pueblo.
Mañana volvemos”


Por primera vez, en todos estos años, agradecía que la hubieran excluido de los planes familiares y, así, poder quedarse en soledad.

Se descalzó, puso música, encendió unas velas, se preparó un baño caliente, se sirvió una copa de vino y se sumergió en el agua.


Un millón de preguntas pasaron por su cabeza: ¿Cómo había sido capaz de hacerlo? ¿Por qué no huyó? ¿Qué debía haber hecho para evitarlo? ¿y si alguien la había visto? y si alguien le preguntaba ¿qué diría?... Se prometió que no volvería a pasar, que no volvería a tropezar en la misma piedra.

Alguna vez habían hablado del tema y sabía que si él se enteraba no la perdonaría.

Conforme iba analizando aquella tarde, se fue dando cuenta que hacía años que no se sentía tan viva. Ya se le había olvidado lo que era sentirse deseada por un hombre.

Empezó a ser consciente de la monotonía que se había instalado en su matrimonio. Sus vidas se limitaban a trabajar, hacer las labores domésticas, cuidar de los niños, 15 días de vacaciones todos los veranos, hacer el amor los sábados por la noche y a parte de eso… nada, no había nada más.

Habían desaparecido esas tarde de invierno en las que veían una película acurrucados bajo la manta; habían desaparecido esas mañanas en las que hacían el amor antes de ir a trabajar; habían desaparecido esas caricias robadas bajo la mesa del restaurante; habían desaparecido esos abrazos cariñosos de “porque me apetece hacerlo”; habían desaparecido… habían desaparecido todos esos juegos que mantienen encendida la pasión.

Nunca había pensado en tener una aventura pero había surgido, sin que hubiera podido hacer nada por evitarlo.

Cerró los ojos y recordó su olor. Las imágenes de aquella tarde (inolvidable) comenzaron a pasar por su cabeza.

Llevaban años sin saber el uno del otro y al encontrarse, de forma casual, decidieron ir a tomar unas cañas para ponerse al día. El tiempo pasó volando. Al despedirse, sin saber como, sus bocas se juntaron y… y ya no hubo manera de parar.

Se besaron, se acariciaron, se lamieron, se dieron placer durante horas. Sólo de recordarlo su cuerpo se estremecía.

“¿Debía haber hecho algo para evitarlo?” Cada vez estaba más convencida de que NO

Cuando se despidieron él le dio un beso y le preguntó “¿Nos volveremos a ver?”. Ella se había ido sin responderle, no quería tener que decirle “No, no nos volveremos a ver” y eso es lo que pensaba hacer pero… ¿y si quedaban, sólo una vez más, para despedirse?...

viernes, 11 de junio de 2010

F E L I C I D A D E S




Uuuuuuuuuppppppppppsssssssss, me pillas sin regalo


.... y sin ideas


.... sólo se me ocurre:


Teñirme de rubio

ponerme un lazo

y

ser yo el regalo





DISFRUTA DEL DÍA